martes, 18 de septiembre de 2007

A propóstio de 18.


(El texto surge a partir de la lectura de "¿Que nación?..." de Monica Quijada)



Desprendemos del análisis del texto una importante consideración, la cual se incrusta hasta nuestros días en las discusiones que se dan a nivel, incluso, planetario. La consideración apunta hacia la manipulación y utilización del concepto de patria, a tal punto que esta no existiría, al menos no, como fue elaborada por el discurso liberal y patriota de la independencia y construcción de la nación.


Se reconoce como algo prácticamente indiscutible el sentido de pertenencia que deriva del entorno físico y social inmediato, siendo ésta la primera acepción de patria. Es decir, aquí se manifiesta en todo su esplendor el sentido propiamente afectivo del lazo que liga al individuo con la llamada patria, pudiendo llegar a ser solamente su aldea. No carece de sentido y, es más, parece ser parte del ser humano declarar esta pertenencia, dotar a sus vecinos con quienes trata a diario de una carga afectuosa, que no necesariamente es beligerante frente a un “otro”, sino que sencillamente se genera por la cercanía. Sin embargo (y es aquí donde ponemos nuestro énfasis), cuando el sentimiento que genera la invocación a la patria es utilizado por elites para afianzar un poder que de otra manera jamás podría verse establecido, pierde su sentido primario e incluso necesita de una hostilidad, para unificar a estos extrañados miembros de la nueva patria. En el caso americano, una vez perdido el lazo que une a los pueblos con la corona (hermanándolos y obligándolos al sometimiento, bajo el yugo de un poder que viene del más allá, pero que se ejerce homogéneamente sobre la mayoría del continente americano), estos pueblos ya no se ven unidos por nada entre sí, solamente por aquellos lazos primigenios que se dan entre ciertas etnias, pero que nada tienen que ver con la mayor parte de los criollos y mestizos. Así, quienes se interesan en mantener u obtener el poder deben construir un nuevo ideal que, deshaciendo las diferencias, logre unificar e imponer cierto “orden” en este heterogéneo territorio. Lo que nace de ahí, son construcciones de estados-naciones sobre sentimientos de pertenencia, básicamente, irreales.


Es más, este sentimiento será llamado desde distintos ángulos según convenga a los intereses, ya sea desde una “patria americana” o de sentidos más localistas, lo que deja claro que esta intuición de patria, este sentimiento que surge espontáneamente por un trato cotidiano y una historia común, será usado a conveniencia, manipulado y atravesado por intereses, ya sea, con absoluta certeza (casi maquiavélicamente) o con una pretensión republicana ingenua y, quizás, ignorante de las reales condiciones americanas.


Uno de los principales errores tal vez en la gestación de esta fantasía patriota es que se delimita ésta a una división político-administrativa de orden colonial, que poco tenía que ver con la pertenencia efectiva a aquella zona. Ante lo cual se debe construir todo un discurso y una maquinaria simbólica que, poco a poco, congregue a estos nuevos feligreses de la patria naciente. Incluso, la guerra le será útil al discurso patriota, logrando lo que difícilmente se lograría por vías naturales (lo cual sí es logrado por la concepción de patria primitiva), es decir, articular sentimientos de unidad en el marco de un territorio y una base de integración/diferenciación artificialmente introducido. Además, una vez asumido este concepto de patria por las elites revolucionarias, se asocia al de libertad importado desde Francia, pero una libertad fundada sobre falsos parámetros de asociación (impuestos de arriba hacia abajo) que deriva en necesidad expansiva y en recelos a los vecinos que, en principio, no tuvieron por qué existir, pero que la necesidad de afianzar esta falsa unidad obligó a generar.


Es entonces cuando se puede apreciar que este patriotismo es, incluso, perjudicial en el sentido que excluye y ataca la libertad de cualquier vecino entendido como ajeno a la patria, hecho que criminaliza a quien, sólo por parámetros artificiales, no es miembro de ésta (sobre todo en la formación nacional de Latinoamérica). Más aún, el principio de este patriotismo manipulado ataca directamente el mismo concepto que se le asocia desde la Revolución Francesa (“… la tierra de hombres libres y, por tanto, felices…”[1]), en la medida en que coarta directamente el ejercicio de la libertad de asociación, por lo cual, “el patriotismo que tiende a la unidad al margen de la libertad, es un patriotismo malo, funesto siempre a los intereses populares y reales del país que pretende exaltar y servir; amigo, a menudo sin quererlo, de la reacción, enemigo de la revolución, es decir de la emancipación de las naciones y los hombres.”[2]


Por tanto, la patria tal como se nos quiso hacer llegar, a través del discurso independentista, presidencial, militar, institucional, etc. No es obra más que de intereses, pues difícilmente se encuentra arraigada a un sentimiento de pertenencia anterior, de hecho si es que este sentimiento se da, es más por la influencia de una elite sobre la mayoría de los individuos que algo espontáneo que hubiere nacido del conglomerado asociado en un territorio determinado y, más aún, el concepto (y la praxis consiguiente) traiciona el otro de los grandes principios, con el que se enarboló. La libertad.


Así las cosas, la patria no existe ni como concepto ni como genuina referencia a una agrupación, pues traiciona a sus mismas raíces y es altamente manipulada. Además, es muy improbable, que un concepto como tal logre tener una significación que le haga justicia, producto de su genealogía contaminada y de las condiciones que su utilización ha generado en la realidad mundial, tanto a nivel administrativo como en las conciencias. Ante lo cual no cabe más que su absoluta abolición como referencia a cualquier segregación entre los seres humanos y no una reformulación, pues su sentido primigenio (el único que le otorga validez sustantiva, en cuanto no ha sido manipulado por divisiones estrictamente político-administrativas) está ya obsoleto.



[1] Quijada, Mónica. ¿Qué nación? Dinámicas y dicotomías de la nación en el imaginario hispanoamericano del siglo XIX, p. 5. Las cursivas son nuestras.

[2] Bakunin, Mijaíl. Obras completas V. III, Las ediciones de La Piqueta, Madrid, 1979, p. 55.

sábado, 1 de septiembre de 2007

De educación popular.

Personalmente, con esto abandono cualquier pretensión de verdad (que por lo demás ha de ser inexistente), creo que la educación (instrucción) popular, si bien no inútil es, a lo menos, insatisfactoria.

Estimo, primero que todo, que la falta de educación es un serio problema, que genera, perpetúa y agranda las diferencias existentes en las sociedades. Sin embargo, lo esencial no será nunca el dotar de una instrucción básica a los que se encuentran desfavorecidos, en cuanto a posibilidad de educarse. Puesto que, en las actuales condiciones (como también en toda la época moderna), el día a día provocará un desgaste y una desconfianza en el sistema educacional (formal y/o informal) de mayor relevancia que lo que la intervención periódica podría hacer, es decir, los deseos de recibir educación, junto a las posibilidades que supuestamente ésta abriría, sucumbirán casi inevitablemente a las necesidades más inmediatas e, incluso, a los intereses familiares que puedan estar depositados sobre quienes reciban dicha educación. Debido, a que la brecha educacional viene de generaciones anteriores a la que se vería beneficiada, es difícil que haya una comprensión por parte de quienes “gobiernan” la familia de la relevancia de la educación y, es más, yo tampoco lo comprendo completamente. Es decir, si dependo exclusivamente de mi trabajo para alimentarme, preferiría obviamente conseguir uno, antes que educarme, luego, si estoy toda mi vida trabajando sin descanso para la subsistencia preferiría que mi hijo me ayudase, ya sea, a obtener los medios con menos esfuerzo o a conseguir un “bienestar mayor.” Por otro lado, visto algo más periféricamente; ¿En cuánto contribuye la instrucción al real mejoramiento de las condiciones de vida de la población en general? Supongo, sólo supongo, que no en mucho, pues las condiciones se mantienen iguales, lo que cambian son ciertas herramientas que permiten alcanzar un relativo mejoramiento de las condiciones de vida, pero que no mejoran, a nivel general, nada.

Se me dice constantemente que este tipo de instrucción va acompañada de una serie de otros valores, que junto a esta formación básica contribuiría a desarrollar individuos críticos dentro de las comunidades con mayores problemas. Si es así no es en absoluto desechable, mas sí (vuelvo a decirlo), insuficiente o insatisfactorio. Suponiendo en un caso ideal que, superando el primer problema (la falta de confianza de los mismos educandos en ésta) se logra el objetivo fundamental, la formación de individuos críticos. De qué forma se enfrentarán a un mundo (sobre todo pensando en el mundo laboral, una vez terminada o no la educación obligatoria) que, básicamente, no ofrece alternativas, menos a quienes dependen más directamente del salario, de una forma terroríficamente probable, con la resignación o con la marginación.

En definitiva, la necesidad de educar no se detiene ahí, no es de esperar que cualquier revolución se de sola, en la medida que las conciencias de a poco se vayan poniendo a un “mismo nivel” (por lo demás arbitraria y nebulosamente consensuado). La idea de la instrucción igualitaria se da hace mucho más de un siglo, sin resultados sustanciales. Incluyendo ciertas ideas que lleven a generalizar una conciencia, difícilmente se conseguirá algo. Si no se abre las sendas para una utilización efectiva de los conocimientos sobre la necesidad de la justicia, la igualdad, la libertad, etc. Es carente de sentido y, más aún, conserva el tipo de relaciones que se dan en la sociedad, es decir, si no se desestabiliza consciente y constantemente el tipo de sociedad, tendremos que seguir esperando un despertar que, probablemente, llegue con Cristo y esté escrito en el Apocalipsis. No se necesita todavía unos doscientos años de generación de conciencia, no se puede aguardar si es que algo se quiere lograr, más bien sería la hora de asumir responsabilidades y arriesgarse un poco más, más allá de la satisfacción personal que la educación popular propicia. Si es que de verdad se quiere lograr algo, creo yo que ésta es insuficiente, como también los intentos desestabilizadores, por su inconstancia quizás o por una serie de motivos (que no detallaré aún), pero que los hacen ver como meros incidentes o actos “vandálicos.”